*El frente centro-derecha se une a VOX y Patriotas por las deportaciones masivas
*Caso Noelia: el fracaso del Estado
Juanma Moreno ha convocado las elecciones andaluzas, con las que el PP aspira a conseguir una especie de Grand Slam autonómico, después de las victorias en Extremadura, Aragón y Castilla-León. Parece como si las regiones estuvieran dando por turnos las últimas collejas al sanchismo agonizante, pero también alguien podría pensar que Feijoó está mareando la perdiz en lugar de asestar de una vez la estocada definitiva. Ganará el PP, como siempre gana, subirá Vox, como siempre sube, se hundirá el PSOE, como siempre se hunde y fracasará cómicamente la ultra izquierda, según su costumbre de los últimos tiempos. ¿Por qué es todo tan previsible? Porque no estamos asistiendo a un verdadero cambio, sino a un proceso de estabilización.
Sánchez podría perder todas las autonomías y todas las alcaldías de las cincuenta y dos capitales de provincia sin inmutarse. No es que tenga un cálculo electoral secreto o una fabulosa estrategia de restauración, sino que habita un lugar al que no llegan las olas de ningún proceso electoral. El Parlamento le respalda hasta 2027 (salvo cataclismo judicial en los escándalos de su entorno) y la suerte futura del PSOE no le importa lo más mínimo. Todos los atisbos de crítica interna han fracasado ante su total indiferencia: los quejidos de Page, las maniobras de Jordi Sevilla y sus notables, los desplantes groseros de Felipe. El PSOE es para él una herramienta efímera, un artefacto de usar y tirar. Su opción es la de Garzón, la de Varoufakis, la de Al Gore en su día: acabar su periplo en la política nacional y luego ir a disfrutar de la buena vida en el cómodo regazo de la internacional progresista, tan rica en fundaciones, observatorios y plataformas. Quizás no acabe de Secretario General de la ONU pero toda su política contra EEUU, contra la OTAN, contra Israel, contra la disidencia cubana o venezolana, toda esa mezcla de arrogancia y cálculo malvado le ha granjeado muchos amigos con mucho dinero en muchos lugares. Véase el caso de Zapatero, con su vida de lucro incesante y escandalosa impunidad como muñidor internacional.
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Es más, cuanto más arrecien la persecución judicial y la debacle política, más combustible tendrá Sánchez para su viaje hacia la total transformación en Mártir del Progresismo Global. La prueba de que ningún escenario electoral local ocupa ni cinco minutos de su pensamiento es la forma en que, para gestionar la serie de derrotas humillantes, se dedica a tirar ministras por la borda como si fueran fardos. Ahora le toca a la vicepresidenta Montero, antes fue Pilar Alegría – pero es que Sánchez lleva consumidos más de 55 ministros desde que llegó a la Moncloa, nómina florida que incluye a José Luis Ábalos, el matrimonio Galapagar y su Ione, algún astronauta que pasaba por allí, el más tonto de los hermanos Garzón, el indefinible Josep Borrell o una saharaui que nadie sabe a lo que se dedica.
El progresismo no es una ideología, es la forma de vida propia de aquellos que se asomaron una vez al pozo sin fondo de la liquidez opaca de los recursos públicos y entendieron que una millonésima parte de todo ese dispendio babilónico podía ser más que suficiente para vivir una vida de privilegio y holganza a costa de la estupidez supina de una parte de la población con derecho a voto. Que se lo pregunten a José Bono.









