Pedro Sánchez prometió este lunes en Valladolid que la subida del salario mínimo interprofesional se repetirá «todos los años» que gobierne, presentándola como vía para reforzar las pensiones y como contrapeso a las críticas de la oposición. Esa promesa electoral ignora por completo que el poder de compra real de los trabajadores se ha visto destruido por el alza de precios que ha acompañado los ocho años de Ejecutivo progresista.
La promesa de Valladolid y el relato de continuidad
En el acto de precampaña, acompañado por Óscar Puente, Ana Redondo y Carlos Martínez, Sánchez aseguró que el Ejecutivo progresista seguirá elevando el SMI «todos los años» que se mantenga en el poder, «como lleva haciendo durante los últimos ocho años». Invitó a PP y a la oposición a subir también los salarios «si tanto les preocupa» el sistema de pensiones, instándoles a «hablar con la patronal» y «sentarse con los sindicatos». «El sistema público de pensiones es solvente, está sano y goza de una extraordinaria salud», afirmó, según recoge The Objective. El mensaje encaja en el esquema de dos modelos de sociedad que el candidato socialista contrapone de cara al 29 de noviembre.
Subida del salario mínimo frente a la cesta y los alquileres
El SMI ha pasado de unos 736 euros mensuales en 2018 a 1.221 euros en 2026, un incremento nominal acumulado cercano al 66 %. Sin embargo, los precios de los alimentos y bebidas no alcohólicas han aumentado alrededor de un 41 % en el mismo periodo, según series del INE, de modo que una cesta que costaba 100 euros ahora ronda los 141. Los alquileres medios anunciados han subido cerca del 46 % (de 10,40 a 15,20 euros por metro cuadrado, según Idealista vía Infobae), y el precio de la vivienda un 74 %. Los salarios medios reales apenas han ganado un 2,2 % de poder adquisitivo en estos ocho años. Quienes celebran cada anuncio de subida del salario mínimo no perciben que el mercado absorbe gran parte del incremento nominal.
Por qué cien euros adicionales se convierten en humo
Una hipotética mejora de cien euros mensuales en el suelo salarial pierde fuerza cuando la cesta de la compra, los alquileres y los suministros mantienen tendencias al alza. Las políticas de gasto, la regulación de vivienda y la dependencia energética han contribuido a un IPC que en septiembre de 2026 rondaba el 4,9 %, según el INE. El resultado es que la subida del salario mínimo se percibe más como gesto político que como mejora sostenida del poder de compra. El debate real no está en si se anuncia un incremento anual, sino en si las condiciones de oferta, productividad y estabilidad de precios permiten que ese dinero llegue de verdad al bolsillo de quien lo cobra.
Desesperación electoral ante promesas que no convencen
A tres semanas del 29 de noviembre, la subida del salario mínimo se esgrime una vez más como anzuelo de precampaña, pero el desgaste acumulado hace que cada vez menos ciudadanos se lo crean. Después de años de anuncios similares que no han impedido que la cesta, el alquiler y los suministros se coman el incremento nominal, el gesto no es más que un nuevo recurso de urgencia. Quien promete «todos los años» lo que no ha hecho durante ocho, mientras el poder de compra real se estanca o retrocede, revela más la necesidad de movilizar votos que una propuesta capaz de mejorar de verdad la vida de quien cobra el SMI.
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