Una nueva oleada de violencia separatista ahora en la final del mundial, aterrorizó a los aficionados de la selección en País Vasco. En Berriozar y Bilbao, grupos radicales vinculados a entornos proetarras han atacado a jóvenes que simplemente disfrutaban del fútbol de la Selección Española.
La agresión en Berriozar: intolerancia contra la normalidad española
En Berriozar, unos radicales agredieron brutalmente a jóvenes que veían el partido de la Selección.
La imagen es estremecedora. Jóvenes reunidos para apoyar a la selección fueron blanco de la furia de quienes no toleran símbolos de unidad española. Este ataque no es un incidente aislado, sino la expresión de un odio cultivado durante años por el entorno de Ernai y grupos afines.
Mientras las instituciones miran hacia otro lado, la ciudadanía española en el País Vasco debe esconder su identidad para evitar represalias. Las políticas de los últimos gobiernos, especialmente bajo influencia de la izquierda y sus aliados separatistas, han debilitado la respuesta del Estado. En lugar de defender la libertad de expresión y la unidad nacional, se ha optado por el diálogo estéril que solo ha envalentonado a los violentos.
El fantasma del terrorismo callejero reaparece con fuerza y no nos gusta para nada ver estas imágenes porque parece revivir momentos que ya pensábamos que habíamos olvidado.
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Estos vídeos revelan mucho más que un mal perder: una actitud que contrasta con los valores de esfuerzo y fair play que defiende el deporte español.
Bilbao bajo asedio: un centenar de radicales contra la libertad
Simultáneamente, en Bilbao, alrededor de un centenar de batasunos lanzaron un ataque coordinado contra seguidores de la Selección Española.
Los agresores, desesperados ante la “Libertad de los vascos para apoyar a nuestra selección”, demostraron su verdadero rostro autoritario. Como vasco y español, García gritó “¡Vamos España!”. Este episodio pone de manifiesto cómo el separatismo radical rechaza cualquier manifestación de españolidad, incluso algo tan inocente como ver un partido de fútbol.
La impunidad es el combustible. Estos grupos actúan porque saben que el marco institucional actual, marcado por cesiones a la izquierda y el nacionalismo, les otorga un margen de maniobra amplio. El contraste es brutal: mientras familias y jóvenes celebran pacíficamente, los radicales responden con violencia organizada.
Este tipo de acciones recuerdan los peores años del terrorismo, donde el miedo imponía silencio. Hoy, aunque sin pistolas, la estrategia de acoso callejero persigue el mismo objetivo: borrar lo español del País Vasco.

En un nuevo golpe a la unidad nacional, Pedro Sánchez ha cedido al PNV un
El intento de apagar la pantalla: símbolo de la batalla cultural
En otro vídeo difundido desde Bilbao, proetarras intentaron apagar la pantalla gigante donde los aficionados seguían el encuentro de la Selección.
Este gesto es profundamente revelador. No se trata solo de un partido; es un ataque a la identidad compartida. Apagar la pantalla equivale a querer apagar la voz de quienes se sienten españoles. La Selección Española representa para muchos el lazo que une a todos los territorios, frente al exclusivismo separatista.
Estos hechos demuestran el error estratégico de los gobiernos de PP y PSOE. Ambos partidos, en diferentes momentos, han priorizado pactos con fuerzas nacionalistas antes que aplicar la ley con contundencia. El resultado es previsible: radicales que se sienten impunes y una sociedad vasca dividida y coaccionada.
La tolerancia cero ante el acoso a quienes simplemente quieren ver un partido debe ser la norma, no la excepción.
El precio de la debilidad institucional
Estos sucesos en Berriozar y Bilbao no son meros altercados. Son síntomas de una violencia separatista que nunca desapareció del todo y que se reactiva cuando percibe debilidad. La izquierda, con su relato de “paz y convivencia”, ha creado un ambiente donde los herederos del terror callejero operan con relativa comodidad.
Frente a esto, la respuesta debe ser clara: defensa sin complejos de la soberanía nacional y de los derechos de todos los españoles, incluidos los vascos que se sienten parte de España.








