Las imágenes de la invasión de Ceuta nos han dejado a todos con el corazón helado y una buena cantidad de preguntas urgentes.
¿Para qué tenemos un Rey que es la última autoridad militar del país? ¿Para ver a los paracaidistas que se enredan con las farolas el 12 de octubre, para pasear en barco por Mallorca cuando el calor aprieta? ¿Para qué tenemos jueces y tribunales? ¿Para amnistiar a la banda de Puigdemont y conceder beneficios penitenciarios a los etarras? ¿Para qué tenemos un poder legislativo incapaz de deponer a un gobierno traidor que está llevando a España al colapso? ¿Por qué tenemos a abuelos durmiendo en polideportivos cuando arden los bosques o se inunda el levante y en cambio alojamos a los africanos ilegales en hoteles de cuatro estrellas?
Hemos dicho “invasión” y lo diremos mil veces.
Desde siempre una invasión es una declaración de guerra, una brecha en la integridad territorial. Hordas de indocumentados corren por las calles, incendian todo a su paso, saquean los comercios, mientras se llama a la población a no salir de casa. Nuestros aliados de la UE anuncian que ya no se fían de España y estudian cancelar la libre circulación en el espacio Schengen. Los noticiarios de todo el mundo y las redes sociales en mil idiomas replican las imágenes del caos.
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Para los no advertidos, este es el apogeo de la causa palestina: el islam nos va aplicar la misma lógica, porque consideran que Ceuta, Melilla, Canarias, Baleares, todo lo que fue Al Andalus es tierra musulmana que ha de ser reocupada en un esfuerzo “anticolonial” (por usar la terminología hedionda de nuestra izquierda). No se esconden: quieren traer su mugre, sus lapidaciones, sus burkas, su miseria, sus mezquitas, su barbarie infinita. No es un problema migratorio, no es una crisis civil, es un ataque, una invasión, un acto de guerra. Se trata aquí de legítima defensa. ¿Hay que disparar? Por supuesto que hay que hacerlo, con todo lo que se tenga a mano. La solución ya solo puede ser militar. Cierre de las fronteras a cal y canto, deportación inmediata de todo elemento ilegal y uso legítimo de la fuerza contra quien atenta contra la soberanía nacional.
Y luego el frente interno.
Deposición del gobierno y procesamiento de sus miembros por alta traición. Y más le vale al rey espabilar, porque los paseos en balandro le están haciendo merecedor de la suerte de Alfonso XIII. Estamos ya en otra situación, en otra pantalla, en otro escenario. La nación va a la deriva, la indefensión de la ciudadanía es total, la podredumbre absoluta del gobierno más corrupto de la historia nos está sumiendo en la anarquía y el colapso. Se acabaron las dudas y las tibiezas. El régimen ya no tiene que caer, porque ya ha caído. Es la hora de recuperar la dignidad nacional.








