La mujer asesinada en Sant Martí el pasado martes por la noche, Camila, de 34 años y natural de Brasil, había sido detenida a principios de julio por los Mossos d’Esquadra de la comisaría del mismo distrito. Según fuentes al corriente de la investigación, su pareja la denunció por presuntamente maltratarle a él y a los dos hijos menores de la pareja, de cuatro y ocho años, y aportó un vídeo que documentaba los hechos. No se impuso ninguna medida cautelar contra ella. Horas después del crimen, el presunto autor, Yarman, de origen dominicano y residente desde hace más de una década en Barcelona, se entregó en una comisaría de los Mossos del Eixample con la ropa manchada de sangre y un ataque de ansiedad.
Este caso, que las autoridades investigan como posible violencia de género, pone de manifiesto las fisuras de un sistema que clasifica los hechos según el sexo de las víctimas y los agresores, en lugar de atender a la realidad de la violencia doméstica en todas sus direcciones. Mientras el relato mediático y político se centra en el “feminicidio”, los datos previos del propio expediente policial muestran una denuncia formal y una detención de la mujer que acabó asesinada.

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La detención previa y la ausencia de medidas cautelares
A primeros de julio, los agentes de Sant Martí detuvieron a Camila tras la denuncia presentada por Yarman. El hombre, padre también de otros dos hijos de una relación anterior, acompañó su declaración con imágenes grabadas. La mujer pasó por dependencias policiales, pero el procedimiento no derivó en ninguna medida cautelar que limitara el contacto entre ambos o con los menores. Dos semanas después, el martes por la tarde, ella acudió al domicilio situado en el número 102 de la calle Andrade, donde él residía desde hacía casi una década. Allí se produjo la discusión que terminó con una decena de puñaladas.
Los vecinos del rellano escucharon gritos y el hijo mayor abrió la puerta pidiendo ayuda. Algunos entraron y, según testimonios recogidos, vieron las últimas puñaladas. Una vecina, Zoraida, recogió a los dos menores y los bajó a la calle para alejarlos de la escena. “Han matado a mi mamá”, repetía el mayor de los hermanos horas después, todavía preguntando cuándo volvería su madre. El hombre huyó en una furgoneta Ford blanca que abandonó en el barrio de Navas, en Sant Andreu, antes de entregarse en el Eixample. Los servicios de emergencias no pudieron salvar la vida de Camila.
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Este antecedente de detención y denuncia no aparece en los primeros titulares que presentaban el hecho exclusivamente como un nuevo caso de violencia machista. La mujer asesinada en Sant Martí había sido, apenas días antes, la persona detenida por presunto maltrato hacia su pareja y sus hijos. La ausencia de medidas cautelares plantea interrogantes sobre la aplicación efectiva de los protocolos de protección cuando el denunciante es un hombre y la denunciada una mujer.
Un matrimonio “ejemplar” de puertas afuera y peleas conocidas
De cara al exterior, la pareja proyectaba una imagen de normalidad. Vecinos como Aurelia aseguraban que “de él nunca en la vida lo hubiera dicho” y lo describían como “el hombre ideal que siempre te saludaba”. Sin embargo, los vecinos del rellano conocían las discusiones y los ruidos. La madre de Yarman había regresado a la República Dominicana hace pocos días, “cansada” de las peleas, según amistades de la pareja. Ambos formaban parte de una comunidad evangélica del distrito y acudían juntos a la iglesia los domingos.
El entorno de Camila, según otras informaciones, describía una relación tortuosa de años, con episodios previos de maltrato por parte de él y períodos en los que ella se había alejado. Al mismo tiempo, el expediente policial reciente documenta la denuncia y detención de ella por presuntamente agredir a la pareja y a los menores. La violencia, en este caso, no parece haber sido unidireccional. El sistema, sin embargo, sigue operando bajo un marco legal y mediático que privilegia un único relato: el de la violencia de género ejercida por hombres contra mujeres. Cuando los hechos no encajan en ese molde, se omiten o se minimizan.
La mujer deja dos menores huérfanos de madre y expuestos a un trauma irreparable. El presunto autor permanece detenido y deberá pasar a disposición judicial. Mientras tanto, las autoridades y los medios oficiales continúan contabilizando el caso dentro de las estadísticas de “violencia machista”, sin detenerse a analizar por qué una denuncia previa con vídeo no generó ninguna medida de protección ni seguimiento efectivo.

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El relato oficial frente a los hechos documentados
El crimen de Sant Martí se produce en un contexto en el que las políticas públicas de los gobiernos de izquierda han convertido la violencia doméstica en un asunto ideológico. Se invierten recursos masivos en campañas y protocolos diseñados casi exclusivamente para proteger a las mujeres de los hombres, mientras se ignora o se relativiza la violencia ejercida en sentido contrario o la bidireccional. El resultado es un sistema ciego ante casos como este: una detención formal de la mujer por maltrato a la pareja y a los hijos, sin medidas cautelares, seguida de un asesinato que se presenta como el enésimo “feminicidio”.
Los vecinos lamentaban no haber intervenido antes. Los menores presenciaron la atrocidad. El presunto autor se entregó con signos evidentes de ansiedad y restos de sangre. Los hechos están documentados. Lo que falta es la voluntad de mirarlos sin el filtro ideológico que impone el discurso oficial. Mientras se siga midiendo la gravedad de la violencia por el sexo de quien la ejerce y no por el daño causado, casos como el de la mujer de Sant Martí seguirán generando titulares incompletos y respuestas institucionales insuficientes.









