Por Octavio Cortés
En agosto, desde Mallorca, las cosas se ven de manera diferente. Los famosos pasan por aquí como quien se deja querer, desfilando por un photo call de yates, mojitos tropicales y hippismo de Armani. La isla vibra desde sus encinares profundos, con sus cigarras de fondo y sus albaricoques dulces, mientas las celebrities creen que con un par de fotos en un chiringuito de lujo han acertado a rozar algo de magia, algo de verdad, algo de desnudez sincera.
Hubo un tiempo feliz
Hubo un tiempo feliz, el del juancarlismo de los ochenta y los noventa, en que la familia real era parte del paisaje. Uno podía encontrarse al rey y a Constantino paseándose por el centro de Palma, o a las infantas bailando en Puerto Portals, y nadie le daba la menor importancia. Basta con hablar con los veteranos paparazzis (gente que vivía de mediodía a medianoche y viceversa) para topar con un torrente de anécdotas estivales talladas a la medida de unos años en que la histeria y el cretinismo de Instagram no lo habían contaminado todo. Ahora las cosas se miden al milímetro y son los propios famosos quienes publican sus fotos en redes sociales: el barullo tibio y feliz de aquellos veranos ha dejado paso al falso esplendor digital.
El rey al menos sigue navegando.
Esta semana el Club Náutico ha revivido algo del encanto de nuestra tradicional monarquía de balandro y cubitera, pero el paisaje de fondo no tiene nada que ver. Mallorca es una dama celosa y solo abre sus encantos a quien accede a inclinar la cabeza ante la luz cegadora de su estío. Doña Letizia no entiende nada de todo esto y cree que saludando a la gente del festival de cine ha cumplido más o menos. Sus carantoñas de esta semana con Javier Bardem podían haber tenido lugar en Miami, en Budapest o en Tumbuctú. La reina quiere pasar aquí el menor tiempo posible y aspira a que la verdad áspera del verano mediterráneo no llegue siquiera a rozarla. ¿Y las niñas? Nadie sabe a qué se dedican, nadie les conoce un grupo de amigos o algún novio furtivo, nadie las ha visto relajarse en ninguna pista de baile. Da la sensación de que pasan por Marivent como quien ha de pagar un peaje a la historia, cosa que no tiene ningún sentido. Ibiza cayó hace tiempo, convertida en un resort de futbolistas, Djs neoyorquinos y tiktokers vegetarianas, pero Mallorca mantiene su orgullo y su linaje. Si quieren pasar las vacaciones aquí, conviene que dejen de intentar echarle un pulso a la isla, porque se enfrentan a un poder que les viene muy grande.
Ganarse el corazón de los mallorquines no resulta tarea fácil; en cambio, ganarse su indiferencia está al alcance de cualquiera. Reyes ha habido muchos por aquí, también reinas de corazón helado. Unos pinares calientes sobre la roca asomada a una cala de aguas turquesas: este es el tipo de trono que Mallorca prepara a quien tenga la humildad de asumirlo, desde los tiempos de los griegos y los fenicios. Javier Bardem aquí no es nadie ni nunca lo será. Cuanto antes lo entiendan en Zarzuela, antes nos ahorraremos tantas escenitas de vergüenza ajena.
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Se interpuso ante el Rey y realizó declaraciones ante los medios en Villamanta, desplazando a la presidenta electa Isabel Díaz Ayuso. Vídeo aquí.








