Por Octavio Cortés
En análisis político, suele citarse un principio llamado “la navaja de Hanlon” que suele enunciarse más o menos así: nunca atribuyas a la maldad lo que puede explicarse adecuadamente por la estupidez. Una formulación más punzante suele ser: jamás subestimes el alcance de la estupidez humana. Esta máxima suele funcionar más o menos bien, pero hay casos excepcionales en que un grado de estupidez descomunal va de la mano con una maldad a la par. Nuestro presidente del Gobierno, veraneante feliz en Lanzarote, es uno de ellos.
Marruecos nos agrede.
¿Cuál es la reacción? Cargar contra Italia. Como Meloni, que no anda con chiquitas, lideró la iniciativa de redactar una carta contra la política de inmigración española y llegó a conseguir la firma de dos docenas de presidentes en ejercicio de la UE, y además puso en marcha controles fronterizos para los viajeros con pasaporte español, entonces Sánchez ha dictado una medida simétrica y opuesta y ahora los italianos son inspeccionados en nuestras fronteras, mientras todos los islamistas y africanos siguen entrando sin el menor problema. Lo gracioso del asunto es que Sánchez, con su maniobra de distracción ridícula, ha demostrado que en cinco minutos puede endurecer una frontera (incluso en este caso dentro del espacio Schengen).
En cualquier caso, sigue la política exterior de Sánchez en su línea de los últimos años, marcada por el enfrentamiento con democracias aliadas (USA, Israel, Argentina, ahora Italia) y el fortalecimiento de lazos con toda la escoria del planeta (Venezuela, Irán, la dictadura China, Marruecos, la purria palestina). Raro será que no acabemos bombardeando Luxemburgo o decretando un embargo del chucrut que llegue de Hungría.
Tiene razón Meloni, tenían razón los firmantes de la famosa carta contra la política de inmigración de Sánchez: ahora mismo la gestión de las fronteras de la UE es cosa común, y si un estado hace la guerra por su cuenta y se dedica a abrir las puertas y a decretar regularizaciones masivas, toda la UE sale perjudicada. Pero a Sánchez todo esto le da igual, como es natural. Es a la vez tan estúpido y malvado que ya solo intenta no asfixiarse en su espiral de decadencia política y humana. Sus horas están contadas y busca tras de cualquier esquina a un diablo, el que sea, con el que al menos pactar llegar a la prórroga y los penaltis. El escándalo de Ceuta (no solucionado) llegó a las pantallas de todo el planeta y mereció comentarios de Trump, de Elon Musk, de todos los comentaristas políticos de cierto peso a nivel internacional. Su solución es anunciar una playlist veraniega e irse de vacaciones con su mujer imputada luego de darle una patada en el culo a los amigos italianos. Este tipo va a romperlo todo, a ensuciarlo todo, a profanarlo todo, porque ni su maldad ni su estupidez tienen límites conocidos. El principio de Hanlon tiene pocas excepciones, pero muy estridentes.
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