Por Enrique J. Ortiz
En el gran teatro de la política estadounidense, donde la moralidad suele ser un disfraz que se quita uno antes de entrar en la alcoba de los intereses nacionales, pocos actos resultan tan surrealistas como el actual cortejo entre la Casa Blanca y Delcy Rodríguez. Es una farsa que ni el más febril guionista de Newark podría haber imaginado: el hombre que juró purgar el mundo de tiranos y "hacer grande" la justicia, ahora se apresura a tejer un manto de seda legal para proteger a la mujer que, hasta hace un parpadeo, era el rostro mismo del "aparato criminal" que él prometía desmantelar.
Observemos la escena en Florida, ese pantano de exiliados y promesas rotas. Allí, un tribunal federal dictaminó que ciudadanos estadounidenses —hombres como Jerrel Kenemore y Jason Saad— fueron sometidos a la degradación física y psicológica, al aislamiento y a las descargas eléctricas en las prisiones venezolanas. El juez, con la frialdad de quien cuenta pecados en una hoja de balance, fijó una indemnización de 314 millones de dólares contra la vieja guardia de Maduro. Pero aquí interviene el giro de la trama: la Administración Trump, a través de una carta del Departamento de Estado, ha solicitado que Delcy sea excluida de este juicio. El argumento es de una elegancia técnica que raya en lo obsceno: como EE. UU. la reconoce oficialmente como "jefa de Estado y presidenta interina" desde el 5 de marzo de 2026, ella goza de una inmunidad soberana que la vuelve intocable para los tribunales de Miami.
Es la contradicción elevada a política de Estado. Donald Trump, el mismo hombre que el 4 de enero de 2026 —apenas un día después de la captura cinematográfica de Nicolás Maduro— advirtió que Rodríguez pagaría un precio "probablemente mayor que el de Maduro", ha decidido que ella es ahora una "persona estupenda" con la que se trabaja muy bien. ¿Qué ha cambiado en el alma de Delcy para merecer tal transmutación? Nada, por supuesto. Lo que ha cambiado es la aritmética del poder. La Casa Blanca ya no ve en ella a la "objetivo prioritario" de la DEA —título que ostentaba en 2022 por sospechas de lavado de dinero y contrabando de oro— sino a una "garantía de orden".
La realidad, sin embargo, es mucho más sucia y viscosa, como el petróleo que fluye de nuevo hacia los tanques estadounidenses. Se nos dice que esta inmunidad es necesaria para garantizar la estabilidad institucional y el acceso a millones de barriles de crudo venezolano. Se habla de un ingreso de 13.000 millones de dólares por la venta de este petróleo, una cifra que la Administración guarda bajo un velo de discreción. Es el pragmatismo americano en su expresión más cruda: preferimos una "chavista remasterizada" que nos entregue el petróleo de manera obediente a una transición democrática incierta.
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Pero no nos engañemos pensando que este es un romance basado en la confianza. En el mundo de Trump, la protección es siempre un contrato de arrendamiento, nunca una propiedad definitiva. El escudo de inmunidad solicitado es estrictamente temporal; solo dura mientras ella permanezca en el cargo. Es un "blindaje condicionado". Mientras tanto, el Departamento de Justicia mantiene sus expedientes por corrupción y blanqueo de fondos listos para ser reactivados en el momento en que ella deje de ser útil o intente perpetuarse más allá del plazo de un año que Washington ha fijado para las próximas elecciones. Es la justicia utilizada no como un ideal, sino como una correa de perro: se afloja para que ella pueda caminar por los foros económicos de la mano de Trump, pero se mantiene firme para que no olvide quién tiene el control.
La ironía es más ácida cuando miramos a quienes se quedaron fuera del festín. Mientras Delcy es rehabilitada como interlocutora válida, figuras como Diosdado Cabello siguen expuestas a causas penales por narcoterrorismo, aunque Washington lo utilice operativamente para coordinar la emergencia tras los terremotos de junio. El mensaje es claro: la moralidad es un recurso renovable y selectivo. Se puede ser un torturador el lunes y una "persona estupenda" el martes, siempre que se tenga la llave de las válvulas petroleras y se acceda a reorganizar el gabinete con personas de confianza del norte.
Y en medio de este baile de máscaras, ¿dónde queda la oposición venezolana? Fuentes consultadas admiten con una resignación que rompe el corazón que Trump ha optado por la continuidad temporal de una parte del chavismo. María Corina Machado, la líder que insistía en una transición democrática real, es ahora un espectro que la Casa Blanca agita de vez en cuando solo para mantener a Delcy inquieta. El plan de Trump es un proceso controlado donde Delcy Rodríguez conduce el país hacia unas elecciones en junio de 2027, quizás incluso como candidata, mientras Washington decide a qué opositores acepta y a cuáles no.
Incluso la embestida de Marco Rubio contra la Corte Penal Internacional de La Haya —a la que busca "desmantelar ladrillo a ladrillo"— se interpreta como un guiño cómplice hacia Caracas. Si cooperas, si entregas el petróleo y mantienes unido al chavismo bajo nuestra vigilancia, no solo te protegeremos de los jueces de Florida; también te pondremos a salvo de la justicia internacional.
Es una pastoral americana invertida, donde el villano no es derrotado, sino contratado. Trump ha transformado la búsqueda de libertad en Venezuela en una transacción inmobiliaria a gran escala. Delcy necesita la inmunidad para no terminar en una celda de Brooklyn junto a Maduro, y Trump necesita a Delcy para que el petróleo no deje de fluir y la región no estalle antes de sus propios horizontes electorales. Al final, lo que queda no es la victoria de la democracia, sino el triunfo de la ambigüedad deliberada, un juego de sombras donde las víctimas de tortura son un daño colateral en la contabilidad de una "política exterior significativa". En este nuevo orden, la justicia no es ciega; simplemente ha aprendido a mirar hacia otro lado cuando el precio es el adecuado.

A partir del 3 de enero 2026, la estrategia de Estados Unidos para Venezuela se dividió en tres fases principales: estabilización, recuperación y transición.








