Por Octavio Cortés
No hay tema más candente estos días que la situación en Ceuta
No hay tema más candente estos días que la situación en Ceuta, donde la población española ha sido abandonada por el gobierno, las fronteras han colapsado y parece que vamos a dar por buena la primera invasión extranjera del territorio nacional desde la Marcha Verde. Se impone entender la situación con algo de contexto histórico.
Marco jurídico
El principal marco jurídico que rige los territorios norteafricanos es el Tratado de Wad-Ras, firmado el 26 de abril de 1860 en Tetuán, que puso fin a la Guerra de África o Guerra Hispano-Marroquí (1859-1860) y puso fin al conflicto que enfrentaba a la España de Isabel II y el gobierno de la Unión Liberal presidido por el general Leopoldo O’Donnell, con el sultanato de Marruecos de Muhammad IV. El tratado vino a sancionar una una larga historia de presencia española en el norte de África y a apaciguar años de tensiones fronterizas reiteradas.
La realidad era de que desde mediados del siglo, Ceuta y Melilla sufrían acoso e incursiones de tribus rifeñas. El detonante inmediato llegó en agosto-septiembre de 1859, cuando grupos de la cabila de Anyera atacaron obras españolas en el perímetro de Ceuta, mataron a soldados y trabajadores y profanaron símbolos españoles. España respondió con una declaración de guerra el 22 de octubre de 1859 con la finalidad de asegurar las plazas de soberanía y poner fin a las hostilidades. O’Donnell asumió el mando de un dispositivo militar de decenas de miles de hombres. Las victorias de Los Castillejos (donde destacó Juan Prim), la toma de Tetuán el 6 de febrero de 1860 y, sobre todo, la batalla de Wad-Ras el 23 de marzo de 1860, en la que las tropas de Echagüe, Ros de Olano y Prim derrotaron a las fuerzas marroquíes, decantaron la contienda y obligaron al sultán a pedir la paz. Después de un armisticio de 32 días se firmó el tratado.
Españolidad de Ceuta y Melilla
Las cláusulas del acuerdo fueron ásperas para el lado marroquí. Quedó establecida una indemnización de 400 millones de reales y la condición de que España ocuparía Tetuán hasta el cobro. Quedó ampliado el territorio de Ceuta hasta la sierra de Bullones y el barranco de Anghera. Y también se ratificaba el convenio de agosto de 1859 sobre Melilla, Vélez de la Gomera y Alhucemas, fijando el perímetro de Melilla según el rango de alcance de un cañón. Así mismo, también se estableció la cesión a perpetuidad el entorno de Santa Cruz de la Mar Pequeña, origen del futuro Ifni. Marruecos reconocía la plena soberanía española sobre las islas Chafarinas, se comprometía a impedir nuevas incursiones y concedía a España el estatuto de nación más favorecida en el comercio.
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Este acuerdo vino a confirmar de manera clara la españolidad de Ceuta y Melilla, muy anterior a la existencia del Marruecos moderno, que ha sido estado independiente solo desde 1956. Melilla fue tomada en 1497 por Pedro de Estupiñán, al servicio del duque de Medina Sidonia y con respaldo de los Reyes Católicos, tan sólo cinco años después de la conquista de Granada y quince antes de la incorporación de Navarra a Castilla. Era un enclave silvestre, prácticamente despoblado, nido de piratería, que pasó formar parte de la Corona de Castilla. Desde entonces ha permanecido bajo soberanía española de forma ininterrumpida, con tratados posteriores que precisaron sus límites.
Ceuta tuvo un itinerario distinto. Fue conquistada por Portugal en 1415, y permaneció bajo dominio luso más de un siglo. En 1580, con la Unión Ibérica, Felipe II heredó la corona portuguesa y Ceuta quedó incorporada la monarquía española, aunque administrativamente ligada a Portugal. Cuando Portugal se independizó en 1640, los ceutíes no reconocieron a Juan IV de Braganza y juraron fidelidad a Felipe IV. En 1668, el Tratado de Lisboa reconoció formalmente la soberanía española y la ciudad recibió el título de Fidelísima. Su españolidad nace, pues, no de carambolas diplomáticas sino de una decisión propia de sus habitantes, confirmada internacionalmente siglos antes de que existiera el Estado marroquí actual.
El Tratado de Wad-Ras no “creó” la soberanía española sobre ambas plazas: la reforzó y amplió sus perímetros ante un sultanato debilitado, que ya había sido derrotado por Francia en 1844. Ceuta y Melilla eran plazas españolas desde la Edad Moderna, integrados en la Corona cuando el mapa peninsular aún no estaba cerrado y cuando el Magreb no constituía un Estado-nación comparable al actual. El tratado de 1860 consolidó fronteras, indemnizaciones y el reconocimiento mutuo y perpetuo de una realidad ya establecida desde tiempos anteriores. Esa continuidad histórica, y no una ocupación colonial del siglo XIX, explica por qué ambas ciudades autónomas siguen formando parte de España. Las reclamaciones marroquís actuales no responden a ninguna base histórica, sino a la simple presión sobre un gobierno español en decadencia, empeñado en extrañas alianzas internaciones (con el enfrentamiento al eje USA-Israel) y al uso de la presión migratoria como herramienta de desestabilización. El discurso sobre “colonialismo” debe quedar fuera del debate: aquí se está jugando otra partida.








