En estos tiempos de total confusión, conviene conservar la visión y el enfoque en profundidad. España no puede funcionar con un sistema de poder jacobino, uniformizador. Cuando José Antonio (el mejor español del siglo XX) escogió como emblema el haz de cinco flechas y no una sola flecha fue por algo: unidad en la diversidad. ¿Puede funcionar una banda de rock con cinco guitarras? Puede, pero es mucho mejor que haya un cantante, un guitarrista, un teclista, un bajista y un batería. En música, el arte de ganar la unidad en la diversidad, se llama armonía; en lo social, se llama política.
Nuestro problema es que el 78 fue lo que fue, un mero ejercicio de supervivencia en el que se buscó una salida que no fuera acabar a tiro limpio una vez más. Pero pasados cincuenta años, ya está claro que lo que tenemos ahora mismo no es un sistema creado por la nación en beneficio de la nación, sino un sistema de creado por la clase política en beneficio de la clase política. El tema catalán es la zona de polémica donde esto queda más claro. La crisis de 2017 fue creada por la clase política en cuanto se activó el llamado “caso Pujol” y se rompieron los acuerdos entre bastidores que habían mantenido Cataluña estable durante cuarenta años. Fue un simple caso de reorganización de la estructura de poder por intereses personales de uno y otro lado (los audios de De la Rosa sobre el papel del Rey Juan Carlos son la contrapartida). La solución creada por Pedro Sánchez a base de amnistía e indultos es la simple consecuencia de todo ello: la clase política, la clase partitocrática, montando soluciones no para la sociedad, sino para los problemas que a ellos incumben. A ojos de todos el sentido común y la noción más simple de legalidad han saltado por los aires. Da igual. Solo estamos tratando de nuevos esquemas de reparto de poder.
Cumplir la ley, pagar impuestos, estar sujeto a una mínima decencia: todo eso son cosas de pobres. Por encima del ciudadano medio esos principios no rigen. Quien piense que estamos exagerando, que pierda un par de tardes en estudiar el caso de Jeffrey Epstein y acabará convencido. En los estratos superiores de la sociedad, el imperio de la ley no significa nada. Allí reina el salvaje oeste, la pura dinámica de conflictos de poder. Los valores del esfuerzo y de la honradez, de nuevo, son cosa de pobres. Esas cosas no se enseñan a los niños en según qué familias, las que tienen un par de Bentleys aparcados a la puerta de casa o un ajuar de joyas en la caja fuerte de un despacho socialista.
¿Es un escándalo la amnistía y un escándalo aún mayor su validación jurídica? Por supuesto que lo es, pero sobre todo debe servirnos de catequesis. O aprendemos con quién estamos tratando o nuestra liberación seguirá siendo una utopía durante unas cuantas generaciones.
Recibe la verdad en tu correo, sin filtros.
Únete a más de 5,000 lectores que ya reciben nuestras investigaciones y análisis diarios directamente en su bandeja de entrada.








