Por Octavio Cortés
La España del eclipse es un tumulto estival agitado, de manera efímera, por bellezas astrales: el sol negro, el tránsito orbital, las luces abrasivas, los anillos de fuego. Dos cosas han unificado a España este verano, a saber, el mundial de fútbol y el eclipse de sol, cuando lo que debería haber movido a la unidad es la defensa de Ceuta arrasada por hordas musulmanas en una riada de mugre e indecencia. Se ve que el cuajo español tiene que ver, a día de hoy, con redondeles en movimiento, ya sea una luna oscura y trepadora, ya sea un balón a los pies de Ferran Torres.
La España del eclipse vive adormecida sobre sí misma, mientras los calores de agosto rezuman su mosto sudoroso calle abajo. Un vaso de sangría, un plato de paella recalentada, unos cucuruchos de vainilla. Cuando el país vuelve a ser perezoso, como realmente le gusta, quedamos en manos de la furia mareada del camarero que vive de propinas y del turista que se mueve por GPS intentando que no le roben la cartera camino de la playa. Todas las potencias intelectuales quedan en suspenso, como flotando por encima del paisaje como nubes que amagan tormenta a lo lejos, pero al final qué le vamos a pedir a un país cuyo rey pasea en barco mientras arden las calles, arden los bosques y nadie mueve un dedo contra el gobierno más ladrón y traidor de nuestra historia.
La España del eclipse necesitaría a su César González Ruano, a su Eugenio d’Ors, a su Paco Umbral, a su cohorte de columnistas quevedianos, estilizados y cabrones, salidos de todos los ateneos y las bregas de medianoche, pero solo tenemos a tuiteros de medio pelo, niñas cretinas que mueven el culo en Instagram y a un rey, como se ha dicho, ocupado en su balandro, sus regatas y sus limonadas de media tarde (y a una reina de huesos afilados y paciencia ofídica, que no es cosa a descuidar).
La España del eclipse es la que ya solo vive sueldo a sueldo, semana a semana, bostezo a bostezo, encaramada sobre los restos de su dignidad mientras va siendo devorada por el cretinismo y la inflación a partes iguales. ¿Quedan artistas audaces, quedan pensadores que sepan hace de su prosa un látigo? Alguno debe de haber por ahí, pero seguramente está haciendo las cuentas para pagar las letras del coche. El ahogo es sencillo, cotidiano y predecible. Ya no podemos permitirnos grandes causas.
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La España del eclipse es la España arrasada, desfibrada, cansada de sí misma y de todos los futuros que esperan a la vuelta de la esquina que es septiembre. Aplaudimos un sol negro y fugaz (o una luna ribeteada de ardores, según se vea) porque al fin y al cabo algo hay que aplaudir. A falta de una meta, escogemos recorrer un camino cualquiera, el que sea, para al menos sentir que seguimos caminando y que algo podremos contar a nuestros nietos el día de mañana. Sobreviviremos, claro está: la oscuridad del eclipse fue tan colosal como pasajera.

Dejó dicho el viejo Heráclito, el más grande de los filósofos gruñones, que “el fuego es el padre de todas las cosas”. Señalaba la arkhé, al principio ...

Todos mantienen sus planes de descanso. Ni los incendios forestales ni la crisis fronteriza han bastado para interrumpir el parón estival.








