Por Enrique J. Ortiz

Madrid amanece hoy con un aire de siroco que no viene del Retiro, sino de los despachos donde se mercadea con el alma de las dunas. Hay en la capital una atmósfera de «mentidero» donde el honor se diluye en un vaso de té con menta y la política española, siempre tan dada al aspaviento y a la genuflexión, ha decidido que el sur ya no es una frontera, sino una cuenta corriente. Porque en este Madrid de hoy, antes de la Villa y Corte, el lobby marroquí no se esconde en los callejones, sino que se sienta a manteles largos en los mejores hoteles, con esa elegancia un tanto rancia del que sabe que el silencio tiene un precio y consideran la soberanía solo una palabra que se lleva el viento de la Sierra.
Dicen las malas lenguas, y las buenas también, que el lobby marroquí en España tiene un nombre que suena a sigla y a corrupción: la PSOE. Pero para entender esta entrega, este giro de cintura que nos ha dejado a todos mirando al Atlas con cara de asombro, hay que remontarse a la era de la sonrisa boba, a la época de José Luis Rodríguez Zapatero (a lo mejor hizo ahí sus primeras prácticas de corrupción). Fue él, aquel caradura de las cejas en ángulo y el optimismo antropológico, quien puso la primera piedra de este edificio de influencias que hoy habita P. S. alias “el One” con la naturalidad del que hereda un cortijo. Lo dicen los que saben de esto: este vínculo con la monarquía alauí es un romance que viene de lejos, una «pasión» que nació bajo el palio de un socialismo que descubrió en Rabat no a un vecino, sino a una oportunidad, ya en tiempos de Felipe «por consiguiente» González.
Zapatero, el estadista de la pasta que parecía vivir en un eterno foro de civilizaciones, es hoy el gran embajador en la sombra. Se le vió en viajes frecuentes, asistiendo a conferencias que son cantos de sirena al plan de autonomía marroquí para el Sahara de 2007, aquel que prometía un autogobierno bajo la bota de Rabat y que hoy el Gobierno nos vende como la panacea «seria y realista». Pero la semilla se plantó entonces, en aquellos años de Moratinos, el «factótum» de la diplomacia de terciopelo, que ha pasado de los pasillos de la ONU a los foros de «derechos humanos» en Marruecos (ya le vale), siempre con esa mirada de quien conoce los secretos que se guardan en el lujoso hotel Le Mirage de Tánger.
¡Ah, Tánger! Esa ciudad de espías y escritores donde nuestros políticos han decidido que lo mejor es tener una segunda residencia. Allí tenemos a José Bono, el manchego de la gomina impecable y el verbo fácil, que de defender la patria ha pasado a defender el plan de autonomía mientras su sociedad, Joasa 2012, adquiría cinco inmuebles en la costa de Ben Charki. Es una estética muy de nuestra burguesía política: sin patriotismo en el Congreso y la propiedad a pie de playa en
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Marruecos. Y qué casualidad, oigan, que su empresa disparara sus ingresos hasta los 1,51 millones de euros justo en 2022, el año en que España decidió que el Sáhara ya no era nuestro problema, sino el juguete de Mohamed VI.
Y no nos olvidemos de Pepe Blanco, el de la consultora Acento, que ha convertido el lobby en una cosa chabacana a su imagen y semen-janza. Blanco, que lo mismo te monta una agrupación que te asesora a la embajada de Marruecos en Bruselas por 600.000 euros al año, ha creado una red donde exministros del PSOE y del PP, como Alfonso Alonso, conviven en una armonía de intereses digna de la Transición. Dicen que fue el propio Zapatero quien le facilitó el primer gran contrato tras la reconciliación de 2022. Es el lobby formal, el de los informes sobre agricultura y seguridad, mientras los agricultores españoles miran con recelo cómo las importaciones del sur inundan el mercado bajo la mirada distraída de Luis Planas, que también tiene su casita declarada en el reino alauí, y que estaba en las fiestas del aniversario de la coronación del Sultan, mientras ocurría la invasión de Ceuta.
El aroma de aquel gobierno de Zapatero ha dejado un pestazo que no se quita. Ahí está María Antonia Trujillo, que de ministra de Vivienda (la de las soluciones habitacionales) ha pasado a ser la voz que clama en Larache, diciendo que Ceuta y Melilla son «vestigios del pasado» y una «afrenta» a la integridad marroquí. Es la rendición total, la entrega de la llave de la ciudad a cambio de un retiro dorado, quizás porque se emparejó con un marroquí. Y no es la única; la lista es larga: Trinidad Jiménez, María Teresa Fernández de la Vega... un «clan» que ha decidido que Marruecos es el futuro, o al menos, su futuro.
Incluso la «nueva política» de Yolanda Díaz ha caído en la tentación. Ha metido en sus listas a Agustín Santos Maraver, el que fuera jefe de gabinete de Moratinos, un hombre señalado por los saharauis por haber intentado, supuestamente, comprar la voluntad de la activista Aminetu Haidar con pasaportes y casas en medio de una huelga de hambre. Es la sombra de Zapatero que llega hasta el corazón de Sumar, ese lobby que actúa por ósmosis, infiltrándose en las listas electorales mientras deja que los ideales se queden en la cuneta.

Marruecos, esa monarquía absoluta y extractivista donde el hombre más rico es el rey y el segundo el primer ministro, sabe que en España tiene un aliado fiel en el aparato del PSOE. Usan la migración como un arma de chantaje, como vimos en Ceuta en 2021, y esperan a que el Gobierno, siempre conciliador con el fuerte, acabe cediendo y entregando a cambio la cabeza de una ministra o la soberanía de un pueblo. Y mientras, el dinero sigue fluyendo: proyectos en el puerto de Kenitra, desaladoras en Casablanca de la mano de Acciona y socios de Aziz Akhannouch, comisiones que revolotean en los sumarios del caso Koldo y Ábalos... el lodo llega a todas partes.
Incluso en la prensa, ese cuarto poder que a veces parece el primero en arrodillarse, se nota el aliento del lobby. Plataformas como Atalayar o espacios en La Razón —con Marhuenda y su amistad con la embajadora Benyaich— se encargan de endulzar la narrativa, de hablarnos de la «marroquinidad» del Sáhara y de lo maravilloso que es nuestro socio estratégico mientras nos espían con Pegasus o sacrifican a sus propios ciudadanos en la valla. Hay más como el Sr. Gustavo de Arístegui y como la pléyade de empresarios con negocios en ambos países. Y si no que le pregunten a Florentino Pérez por su socio Anas Laghrari, que pretende ser el próximo propietario del Real Madrid.
España, en fin, se ha convertido en el escenario de una función de sombras donde los actores principales son exministros que veranean en el hotel Le Mirage y escriben artículos pidiendo «realismo». Un realismo que consiste en olvidar que somos una democracia y que el vecino no lo es, que nosotros tenemos un Estado de derecho y ellos una voluntad real que no admite réplica. Pero en este Madrid de Zapatero y Sánchez, el pragmatismo es la nueva fe, y el lobby marroquí su sumo sacerdote. Al final, lo que queda es una red invisible de intereses personales, de viajes invitados y propiedades en la costa, mientras el polvo del desierto lo cubre todo y la dignidad nacional se vende por un lote de fincas con numeración correlativa en la arena de Tánger.
Pleitesía española en vivo:

La reciente invasión de Ceuta, que alcanzó su clímax el 30 y 31 de julio pasados, no fue un evento espontáneo ni el simple resultado de mafias migratorias.

La apariencia cuenta: Marruecos ordena el regreso de su primer ministro desde Mallorca por la crisis de Ceuta, mientras los fallecidos esperan reclamación.








