Por Octavio Cortés
El nivel de desgaste metabólico en la izquierda sanchista es tal, que ahora ya están dando mandobles en todas direcciones, palos de ciego a cualquier cosa que se mueva sin haber pedido permiso antes. Esto ya son movimientos pulsantes, sin sentido, como los espasmos de un borracho o las convulsión y estertores de un moribundo. Ya no hay rumbo, ya no hay nave, ya no hay nadie al mando, solo la miseria de ir arañando un día más ante el destino inevitable de pasar a la historia como la mayor banda de traidores de la historia de España.
Decimos todo esto a cuenta del rifirrafe que entre Oscar Puente (el último galán progresista) y el periodista de Lo País, Daniel Gacón, a causa de una columna en que Gascón se dedicaba simplemente a anotar que el gobierno de Sánchez está gestionando de manera bochornosa la crisis de Ceuta, que Puente es el responsable de Adamuz y del estado calamitoso de los ferrocarriles en todo el país y que se dedica a insultar en redes a todo el mundo, verdades sencillas, diáfanas, claras como la tabla del siete. El espectáculo está siendo divertido e incluye a aquellos que piensan que ahora, por fin, Lo País está despertando y ve la realidad, cuando lo cierto es que desde esa cabecera dejaron de apoyar a Sánchez cuando fue sacado a patadas de la secretaría general del PSOE solo para volverlo a apoyar de manera ignominiosa en cuanto consiguió ocupar la Moncloa, apoyo que han mantenido todos estos años sin el menor rubor.
Lo que sucede es el escándalo de lo que está sucediendo en Ceuta es tan obsceno, tan aparatoso, tan descomunal, que no hay manera de disimularlo. Ya podría Ayuso comprarse mil áticos en Dubai, a la gente le da igual: estamos siendo invadidos a los ojos del mundo y el presidente sigue de vacaciones. No hay manipulación izquierdista que vaya a conseguir tapar el estropicio. Tras el volcán de la Palma, tras Paiporta, tras Adamuz, ya supimos que estábamos solos, la novedad es que ahora sabemos que tenemos un gobierno que directamente trabaja para el enemigo. Todo el puterío de Ábalos y Koldo, todos los manejos de Begoña, el fiscal y todas las Leires del mundo, se quedan en nada ante la evidencia de que desde Moncloa se trabaja a favor de una invasión pura y dura.
Oscar Puente es ya solo la cara bravucona de esta traición: sus maneras de chulo de whiskería del extrarradio podían resultar graciosas para sus fieles en tiempos normales, pero ahora no hay quien pueda perdonarlas. En los días en que se está escribiendo la historia, el tío sigue dedicado a sus marrullerías tuiteras, como si tal cosa, convencido de modo delirante de que no hay término para la impunidad que ha disfrutado todos estos años. Tranquilo señor ministro, el día que se haga justicia habrá un rincón con su nombre en la memora de todos. Ha ganado muchas cosas durante este tiempo, pero no la irrelevancia.
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