El incivismo en Cataluña ya no es un incidente suelto. El 8 de septiembre de 2026 coincidieron dos grabaciones que, sin necesidad de adorno, describen un mismo clima: el desprecio a quien viaja o trabaja y la degradación del espacio común. En el servicio ferroviario, un profesional del gremio muestra cómo se impide el cierre de una puerta. En el litoral de Barcelona, otro vídeo deja ver un paseo tomado por la suciedad y por quienes blandan palos ante una muchedumbre. Ni el Gobierno de Pedro Sánchez, ni la Generalitat, ni el Ayuntamiento que heredó el discurso de Ada Colau pueden fingir que esto es anecdótico.
Una hamaca en el tren y el servicio ferroviario al descubierto
El vídeo, de apenas tres segundos, no necesita narración: una hamaca dentro del tren. Basta lo que se ve: quien viaja y quien trabaja quedan expuestos a una práctica que convierte la operación del tren en un riesgo cotidiano.
La Barcelona que dejó Ada Colau, sin orden ni ley
Horas antes, otra vídeo resumió el segundo escenario: El clip, de unos trece segundos, recorre un paseo de madera junto a la playa. Hay una pared baja cubierta de bolsas, botellas y restos; gente sentada o tendida contra el muro; una masa compacta sobre la arena. En primer plano, varias personas avanzan o corren con palos largos —uno de ellos, de filo visible— mientras otras agitan los brazos. Al fondo aparecen palmeras y una torre alta. Lo que se ve es el diagnóstico político: una ciudad entregada a la dejadez durante años de recetas izquierdistas, después sostenidas por socialistas y socios municipales que prefieren el eslogan a la autoridad.
Ese vacío de norma no es exclusivo del litoral. En Cataluña se han visto ya escenas de incivismo a plena luz en una fuente de Lleida y, en el área de Barcelona, altercados con arma blanca en fiestas locales. El hilo es el mismo: la ley llega tarde, si es que llega.
Cuando el incivismo en Cataluña se vuelve rutina oficial
El incivismo en Cataluña no se explica solo por quien bloquea una puerta o por quien convierte el paseo en un solar. Se explica por una cadena de gobiernos —PSOE en Madrid, izquierdas en Barcelona y una Generalitat más atenta al relato que al orden— que han normalizado la falta de consecuencias. El PP, cuando ha gobernado o pactado en instituciones catalanas y estatales, tampoco ha revertido esa inercia con la contundencia que exige el deterioro.
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Sin autoridad no hay civismo, y sin civismo el servicio público y la calle dejan de ser habitables. Eso es lo que registran, sin filtro, estas dos piezas.








