Por Octavio Cortés
De entra todas las marrullerías de Sánchez en su actual fase terminal, el tema de Pegasus parece ser la marrullería suprema, lo que es mucho decir viniendo de quien viene las cosa, es decir, de quien arrastra ya a todos los Koldos y Leires, de quien ya ha visto condenados a su hermano y a su fiscal general, de quien sigue defendiendo a Zapatero y sigue pendiente de mil causas judiciales abiertas. Ahora bien, en el caso de Pegasus, tanto la opinión pública como la escrita parecen haber perdido un tanto el foco. Todo el mundo espera “la verdad” sobre Pegasus y esa parece una mala estrategia, porque supone esperar del universo de Sánchez algún tipo de verdad, lo cual es metafísicamente imposible. Lo que debemos esperar no es conocer la verdad, sino la mentira que encierra este caso.
Hagamos una analogía con sus casos políticos: la verdad es que pactó con Bildu y los independentistas, que con tal de contar con los siete famosos votos de Puigdemont puso encima de la mesa la amnistía y los indultos, la verdad es que llevó a Podemos al gobierno. Esa es la verdad, que corre paralela a otra verdad: tenía todo el derecho a hacerlo. Lo importante, lo que retrata a Sánchez en todo ello no es la verdad, sino sus mentiras. La verdad la sabemos perfectamente y no importa: lo crucial son las mentiras que flanquearon y adornaron el camino a cada paso.
El caso Pegasus es el clímax del mundo sanchista y tiene todo el aspecto de que hay estratos sucesivos de mentiras ahí acumulados, con profundidad suficiente para que sean necesarios años de minería. Porque, de nuevo, si un presidente de Gobierno escoge tener un trato preferencial con el vecino del sur (como es el caso), la opción puede ser discutida, pero es legítima. No nos interesa la verdad sobre la relación con Marruecos, nos interesan las mentiras. Si ampliamos el foco para entenderlo desde la geopolítica, sucede lo mismo: el presidente español escoge enfrentarse al eje OTAN- USA- Israel, es decir, al esqueleto del mundo libre desde 1945, para pasar a aliarse con las dictaduras bolivianas, los terroristas islámicos y dar cancha libre al antisemitismo. Opción discutible, pero para eso es el presidente y tiene en sus manos el poder ejecutivo. Lo que hay que desocultar son las mentiras que sostienen todo el proceso, desde la orientación inicial, hasta su sostenimiento y explicación a la ciudadanía.
En Sánchez la mentira no ha sido una herramienta de supervivencia, como muchos creen, que sólo ven al pillo sorprendido una y otra vez con las manos en la masa. La mentira ha venido funcionando como base moral de su operativa política, desde la famosa época folklórica del Peugeot y el “no es no”. Mentira es todo lo que cabe esperar de él, nunca verdad. Si equivocamos el análisis, perdemos la posibilidad de sentar los cimientos de la recuperación – y lo bueno de los desmantelamientos, como el que sufrimos a día de hoy, es que sirven de tabula rasa, de oportunidad para un nuevo impulso. No perdamos el foco.
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