Lo que debería ser una jornada de memoria histórica y cultura se ha convertido, por obra del independentismo, en un ejercicio anual de reivindicación secesionista cada vez más ritualizado, dividido y de escasa capacidad de convocatoria. Este año, coincidiendo con el 50 aniversario de la Diada de Sant Boi de 1976, las entidades soberanistas intentaron presentar un ligero repunte de asistencia como “recuperación de momentum”. Los datos oficiales y los incidentes de la jornada desmienten esa lectura.
El origen histórico que el independentismo exhibe como fundamento de su causa es, en realidad, una construcción romántica del siglo XIX. El 11 de septiembre de 1714 Barcelona capituló tras un largo asedio en el marco de la Guerra de Sucesión, un conflicto dinástico europeo entre Borbones y Austrias, no una guerra de secesión catalana. Los defensores luchaban por el archiduque Carlos, no por una república catalana inexistente. Rafael Casanova, el conseller en cap herido aquel día y convertido después en icono, juró fidelidad a Felipe V, vivió hasta 1743 y percibió una pensión. Los Decretos de Nueva Planta supusieron la pérdida de instituciones forales, un hecho real, pero convertir esa derrota en “día nacional” y en mito fundacional de una nación oprimida es una operación ideológica posterior, impulsada a partir de 1886 por el catalanismo de la Renaixença. Celebrar una capitulación como fiesta identitaria ya revela el carácter victimista del relato.
Durante décadas la Diada fue una conmemoración de alcance limitado. Durante el franquismo no se celebró, y su recuperación en 1976-1977 formó parte de la Transición democrática, con reivindicaciones de libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía, que reivindicaban los partidos de izquierda. El problema surgió cuando, a partir de 2012, el independentismo se apropió de la fecha y la transformó en el gran escenario de presión callejera del procés. Las gigantescas manifestaciones de aquellos años no produjeron independencia; produjeron un referéndum ilegal, una declaración unilateral fallida, división social, fuga de empresas, inseguridad jurídica y un desgaste institucional del que Cataluña todavía no se ha recuperado del todo. El movimiento apostó por la vía de hechos consumados y perdió. Ayer mismo el Banco de España emitía un informe en el que se decía que la economía aragonesa superaba a la catalana en dinamismo y crecimiento.
En 2026 las cifras ilustran el agotamiento. La Guardia Urbana contabilizó 45.000 personas en Barcelona, un aumento respecto a los 28.000 de 2025 pero una cifra irrisoria comparada con los cientos de miles o el millón de la década anterior. Los organizadores (ANC, Òmnium y compañías) hablaron de más de 100.000 en la capital y 130.000 en total, como hacen siempre. La descentralización a Girona y Amposta no oculta que el independentismo ya no llena las calles de la forma que necesita para mantener la ficción de un “pueblo unido”. El lema “Hi soc. Hi som. Independència” suena más a consigna de resistencia residual que a proyecto mayoritario.
La jornada de 2026 también mostró el deterioro del tono. Tras los discursos en plaza Catalunya, encapuchados subieron al escenario y quemaron una bandera española entre vítores. Hubo consignas habituales contra España, tensiones con Aliança Catalana —la formación independentista de derecha identitaria que el resto del soberanismo trata como un cuerpo extraño— los enfrentamientos con Aliança acabaron con cargas de los Mossos, contenedores quemados, detenidos (algunos menores) y agentes heridos. Algunos medios la calificaron como la Diada más violenta desde los años del procés. El independentismo, que se presenta como movimiento cívico y democrático, no consigue desprenderse de estos gestos de intolerancia y de la tentación de monopolizar la catalanidad. Quien no comparte el objetivo secesionista queda, en la práctica, fuera del “nosotros”.
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Mientras tanto, el president Salvador Illa ofreció el contrapunto institucional. En su discurso de la víspera reivindicó que “nadie es más catalán que nadie”, que “el odio no tiene cabida” y que Cataluña es un solo pueblo construido también por quienes llegaron de otros lugares de España y del mundo. La ofrenda floral ante Casanova y el acto del Teatre Nacional insistieron en la pluralidad y en la memoria de 1976 como recuperación de libertades democráticas, no como preludio de ruptura. El contraste es elocuente: la Generalitat, ahora en manos de un gobierno no independentista, intenta devolver a la Diada un carácter de fiesta de todos; las entidades soberanistas la siguen usando como acto de parte.
El independentismo llega a esta Diada fragmentado, con ERC y Junts en competencia, la ANC anunciando nuevas “eclosiones” para 2027 y una parte de su base derivando hacia posiciones más identitarias o de protesta. Ha perdido apoyo especialmente entre las generaciones más jóvenes y no ha conseguido traducir la amnistía ni el debate sobre financiación en un relanzamiento creíble de su proyecto. Seguir convirtiendo cada 11 de septiembre en un recordatorio de que “el 1-O no se olvida ni se perdona” es una estrategia de permanencia emocional, no de construcción política.
La Diada de 2026 confirma que el relato independentista se sostiene más por inercia identitaria y por la gestión del agravio que por una mayoría social o un proyecto viable. Celebrar una derrota de hace 312 años como día nacional, inflar cifras, quemar banderas y llamar “traidores” o “unionistas” a quienes no comparten el objetivo no fortalece a Cataluña: la divide y la ancla en un pasado mitificado. Mientras una parte de la sociedad catalana prefiere hablar de vivienda, educación, infraestructuras y convivencia, otra insiste en convertir una fiesta oficial en un mitin permanente de un proyecto que, una década después del 1-O, sigue sin ofrecer resultados tangibles más allá de la polarización.
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