Por Octavio Cortés
San Pablo, poco dado a ambigüedades, ya nos dejó su advertencia en la Epístola a los Gálatas: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará” (Gal 6, 7). Esta es una realidad con la que no vale la pena enfrentarse, es una realidad tozuda, es una realidad innegociable, y también es una realidad que no han entendido, desde hace años, los responsables nacionales de eduación de uno y otro color. Se han sembrado legislaciones estúpidas, una tras otra, se recogen resultados calamitosos.
A día de hoy, el nivel educativo español está más o menos entre Zimbabwe y las colonias de cangrejos del Mar del Norte. Nadie aprende nada, nadie entiende nada y todo el mundo huyendo hacia adelante. La educación privada resiste como buenamente puede, pero también la LOMLOE rige para ellos, como un nubarrón permanente. El panorama es desolador.
Descendamos a lo práctico:
hay que recordar, repetimos, hay que recordar que la humanidad aún sabe cómo hacer que un individuo aprenda algo. ¿Un ejemplo cotidiano’ Las actividades extraescolares de los chavales. Uno lleva a su hijo al conservatorio, o a clases de tenis, o de equitación, y al cabo de un par de años el niño toca el piano, o pelotea como un campeón, o cabalga con la mayor soltura. Se ha producido el aprendizaje: el niño carecía de ciertas habilidades, el niño es sometido a un proceso educativo, el niño pasa a poseer las habilidades. ¿Qué tienen los profesores de tenis que no tienen los profesores de secundaria? La clave está en lo que no tienen: no hay arco iris, charlas sobre emociones, seminarios sobre feminismo y cuestiones LGTBI, pedagogos reglamentándolo todo, fiestas halal y demás monsergas progres. En las clases de tenis las cosas funcionan como siempre lo han hecho. Un profesor que sabe, un niño que escucha, sigue las instrucciones y no monta asambleas. Y todo marcha perfectamente.
Lo que sucede es que en la educación escolar las cosas se han hecho al revés.
El profesor no pinta nada, el niño no necesita ni aprobar ni emplear buenos modales, el temario es una basura ideológica de ultra izquierda, los padres ni están ni se les espera, las eco-feministas-LGTBI pro palestinas campan a sus anchas dando charlas cien veces por semana y, por si todo ello no bastara, se incide en lo emocional hasta crear un ambiente de histeria y fragilidad en los alumnos.
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¿Cual es la sospecha?
Que el sistema educativo estatal no está fallando, sino que está cumpliendo al milímetro su cometido, que es la creación de una masa de analfabetos funcionales, emocionalmente tarados, que pueda controlarse a base de impulsos de tik-tok y programas de David Broncano. Los ilusos somos nosotros, que aún creemos que la finalidad de los colegios es educar en el sentido clásico. ¿Es esta una visión paranoica? Quizás, pero resulta espectacular su eficacia explicativa cuando se contrasta con los hechos.
El conservatorio, mientras tanto, sigue funcionando más o menos como en la época de Juan Sebastián Bach. Si el chaval desafine, se le suspende sin el menor miramiento. No pueden permitirse bajar el nivel, porque de su alumnado han de surtirse las orquesta sinfónicas y si hay que tocar la Novena de Beethoven, hay que tocarla, sin politiqueos ni dinámicas de grupo sobre emociones y feminismos. El que toca bien, pasa, sea hombre o mujer, sea cual sea su orientación sexual, sea cual sea su opinión política. Este es el escándalo: que tenemos instituciones educativas que sí funcionan, porque mantienen el sentido común, la exigencia de estudio y disciplina y la autoridad absoluta del profesor. Es decir, no tenemos excusa.
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