Un clip de unos 66 segundos, difundido redes sociales, muestra a mujeres atadas y golpeadas junto a un árbol, mientras un corro de hombres observa sin apartar la vista.
El vídeo: mujeres atadas y golpeadas ante un corro de hombres
Las imágenes, grabadas a plena luz, parten de un plano elevado. Hay un tronco grueso, tierra y un cerco humano casi exclusivamente masculino. En el centro, al menos una mujer con sari rosa aparece con los brazos sujetos al árbol. Otra figura femenina, con ropa verde, también queda a merced de quien golpea. Un hombre de camisa verde se acerca y descarga golpes mientras el círculo se mantiene cerrado. Nadie del corro se interpone de forma visible.
Un castigo convertido en espectáculo
Lo más grave no es solo el golpe. Es la platea. Decenas de hombres permanecen de pie, algunos más cerca del tronco, otros en un segundo anillo. Hay quien graba. Hay quien se limita a mirar. El sufrimiento de las mujeres atadas y golpeadas no ocurre a escondidas; ocurre como ritual visible, con testigos que no cortan la acción.
Cuando un poder paralelo —sea panchayat, milicia o código religioso— decide «enseñar una lección» en la calle, el Estado de derecho queda fuera de cuadro. El feminismo institucional, tan rápido para señalar a Occidente, suele enmudecer ante este tipo de imágenes.
La pregunta que el Gobierno elude: qué normas se importan
No hace falta inventar desenlaces. Basta con lo grabado: mujeres inmovilizadas, golpes a la vista de todos y un relato que presenta ese orden como mercancía cultural. ¿Qué parte de esa escena cabe en una democracia liberal? El mismo silencio oficial que rodea agresiones a mujeres en el espacio público europeo —desde el empujón a una embarazada en un autobús hasta el presunto intento de violación a una niña británica— explica por qué este clip circula.
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